Jara y yo llevábamos saliendo cinco o seis meses
cuando me presentó a sus padres. Lo único que me había advertido de su familia
es que no hablase de política y que bajo ningún concepto dijese que era votante
de Podemos. Cuando crucé el umbral de aquella casa señorial pude comprenderlo
mejor. Había un retrato de Francisco Franco en el salón, custodiado por dos
banderas con el aguilucho estampado. Pese a todo, fue una velada agradable. Al
menos hasta que su padre se emborrachó y me advirtió que si me propasaba con su
hija probaría su nuevo rifle conmigo. No volví a tocarla durante una semana,
hasta que se me pasó el susto. Sin embargo a Jara le parecía que estaba
obsesionado con el tema. Eso pasó hace dos semanas y desde entonces estamos
algo tensos.
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