Debido a mi parecido razonable con los lugareños,
consigo camuflarme con facilidad. Jara, más blanca que la leche, ha sido
confundida con francesa, portuguesa e italiana. Nuestro guía cojo nos acompaña
por los lugares más llamativos de la medina. Vemos cómo tintan cuero para
babuchas y bolsos, pasamos por unos baños árabes y visitamos una mezquita que
servía como escuela para futuros imanes. Aprovechamos para besarnos en una de
las habitaciones cuando nadie nos ve. Lo cierto es que en cada sitio que hemos
visitado han intentado vendernos algo y Jara ha desarrollado con solvencia la
técnica del regateo que tanto fomentaban los Monty Phyton.
Cuando el guía termina su recorrido, nos acompaña
hasta el inicio de la medina y se marcha. Me siento aliviado por él y por su
cojera. Cuando parece que todo va viento en popa entre Jara y yo, un taxista se
ofrece a darnos una vuelta por las afueras de la ciudad. No me fío un pelo de
él.
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