En España serían las ocho de la tarde, pero como hay
una hora menos en Marruecos (como en Canarias) aún son las siete de la tarde.
Salimos del aeropuerto y buscamos un taxi. Los conductores solo hablan en
francés, idioma que pese a sus semejanzas con el castellano, no entendemos ni
jota. Sin embargo le enseñamos el nombre del hotel y el taxista accede a
llevarnos.
Después de unos cuarenta minutos de trayecto y de
pasar un miedo tremendo a ser secuestrados, llegamos a la medina.
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